En la calle.
Darrel se arrodilló en la acera, su corazón palpitando con violencia mientras veía el cuerpo inerte de Bernardo en el suelo. La sangre parecía un charco interminable alrededor de su cabeza. Alrededor, los murmullos crecían, mezclándose con los sollozos de los curiosos y los gritos de quienes intentaban ayudar.
—¿Él lo empujó? —preguntó alguien en voz alta, señalándolo con un dedo acusador.
Darrel alzó la mirada, sus ojos llenos de terror. Antes de que pudiera responder, el automovil