—¡Por favor, no se lo diga a Carlo, señora Eliana! Se lo suplico…
La voz de Alyna se quebró al instante, cargada de desesperación. Sus manos temblaban mientras se aferraba a la sábana del hospital, como si aquello pudiera sostenerla en pie frente a lo inevitable. Sus ojos estaban húmedos, rojos por el llanto contenido, y su respiración era irregular, rota por el miedo.
Eliana la observó en silencio durante unos segundos. Su expresión era serena, demasiado serena, como si ya supiera todo lo que i