En el hospital, el ambiente era frío y luminoso, con ese olor característico a desinfectante que siempre hacía que el tiempo pareciera detenerse.
Carlo no soltó a Alyna ni un solo momento desde que la había levantado del suelo.
La cargó con cuidado, con una mezcla de miedo y urgencia que no lograba ocultar. Su corazón latía con fuerza, y aunque intentaba mantener la calma, sus ojos lo traicionaban.
—¿Qué pudo pasarle? —preguntó, mirando a los médicos con evidente preocupación.
Eliana los seguía