—¡¿Qué dijiste?! —exclamó Anabela con la voz quebrada, como si cada palabra le quemara la garganta.
El silencio que siguió fue denso, insoportable.
Carlo dio un paso hacia atrás, tambaleándose ligeramente, incapaz de procesar lo que acababa de escuchar. Su rostro perdió el color por completo.
—No… no puede ser… —murmuró, negando con la cabeza—. Dime que eso no es verdad.
Su mirada se clavó en Eliana, buscando una grieta, una mentira evidente, cualquier cosa que le diera un punto de apoyo.
Pero E