Lilith intentó detenerlo.
De verdad lo intentó.
Pero en lugar de lograr apartarlo, solo consiguió que aquel beso se volviera más intenso, más urgente, más imposible de ignorar.
Los labios de Alexander —duros, firmes, dominantes— no le dieron espacio para pensar, ni para reaccionar con claridad.
Cada intento de resistirse parecía alimentar algo dentro de él, como si su rechazo lo impulsara a acercarse aún más.
Cada roce. Cada caricia. Cada segundo de ese contacto… Era una tortura.
No para su cuer