Eliana dejó escapar una risa lenta, satisfecha, como si todo aquello no fuera más que una jugada perfectamente calculada.
—¡Maravilloso! —exclamó con evidente placer—. Entonces prepara tu divorcio. En dos días quiero verlos casarse… y será en la mansión, delante de mí.
Sus palabras no eran una sugerencia. Eran una orden.
Marisol sintió cómo el aire se volvía pesado en sus pulmones. Cada palabra caía como una cadena más sobre sus hombros. Aun así, no bajó la mirada. No le daría ese gusto.
Eliana