Mientras Eliana permanecía ocupada en sus asuntos, segura de que todo estaba bajo su control, Carlo comenzó a moverse con una precisión que jamás había mostrado antes.
Sus pasos eran silenciosos, medidos, casi calculados al milímetro.
Ya no actuaba por impulso ni por obediencia ciega. Esta vez, cada acción tenía un propósito claro.
Entró a la habitación de Eliana con cuidado, asegurándose de que nadie lo viera.
Observó el lugar por un momento. Era impecable, elegante, pero también frío, como ell