Lilith llevaba horas encerrada en aquella habitación sin ventanas abiertas del todo, con las cortinas corridas y una sensación constante de vigilancia.
El aire estaba cargado, pesado, como si las paredes mismas respiraran su ansiedad. Ya no tenía su teléfono. No tenía forma de pedir ayuda. No tenía nada, excepto el miedo… y la certeza firme, casi feroz, de que no iba a rendirse.
Las palabras de aquella mujer seguían repitiéndose en su cabeza como un veneno lento:
“Esta noche traerán la medicina