—¡Salva a mi madre, Lilith! ¡Te lo suplico!
Lilith lo miró con un odio tan intenso que sintió el pecho arderle.
Alexander estaba frente a ella, sentado en aquella silla de ruedas, con el rostro lleno de desesperación, pero aun así seguía viéndose cruel. Siempre cruel. Como si incluso rogando fuera incapaz de dejar de controlar todo a su alrededor.
La sangre seguía brotando del cuerpo de la señora Paula.
Lilith respiró agitadamente y extendió la mano.
—Mi botiquín médico. Ahora.
Uno de los hombre