—¡¿Dónde está?!
La voz de Marisol rompió el silencio con una urgencia que parecía desgarrarla por dentro. Sus ojos brillaban, no solo por la desesperación, sino por la impotencia de no tener respuestas.
Frente a ella, Carlo permanecía inmóvil, como si la pregunta no le perteneciera, como si todo aquello estuviera ocurriendo lejos de él.
—¡No lo sé! —respondió finalmente, con un tono seco, casi indiferente—. Pero deberías buscarla.
Carlo soltó una risa baja. No era una risa divertida. Era amarga.