Al día siguiente, Dominic abrió los ojos lentamente.
El olor a desinfectante invadía la habitación y el pitido constante de las máquinas le perforaba la cabeza.
Sentía el cuerpo pesado, adolorido, como si cada hueso hubiera sido aplastado y vuelto a unir a la fuerza. Intentó incorporarse, pero una punzada brutal en el abdomen lo obligó a apretar los dientes.
Giró apenas el rostro y vio una silueta familiar sentada junto a la ventana.
—Por fin despiertas —murmuró su mejor amigo, levantándose de