—Tranquila, no voy a tocarte —dijo él, manteniendo un tono de voz bajo y controlado que resultaba casi más inquietante que un grito—. No lo haré a menos que tú misma lo quieras, Marisol. No olvides que esto es un negocio. Además, ten un poco de memoria: recuerda que fui yo quien te salvó a ti y quien salvó a tu hija de la situación en la que estaban.
Marisol sintió que las fuerzas se le escapaban.
La mención de su hija, Lilith, era el ancla que siempre la mantenía sujeta a la realidad, por dolor