Marisol y Valentino regresaron a casa mucho más tarde de lo previsto. El trayecto fue silencioso, pero no incómodo; más bien cargado de todo lo que ninguno de los dos se atrevía a decir en voz alta.
Al llegar, la prioridad de Marisol fue su hija.
Con paciencia infinita, logró que la pequeña comiera algo. Le habló con voz suave, le acarició el cabello y la sostuvo contra su pecho hasta que el miedo que la niña arrastraba desde la mañana fue desapareciendo poco a poco.
Finalmente, la acostó para s