Marisol corría sin rumbo fijo por las calles, con el corazón desbocado y la respiración entrecortada. Su mente estaba en blanco y, al mismo tiempo, saturada de un solo pensamiento que la consumía por completo:
Lilith.
—¡Lilith! —gritaba una y otra vez, con la voz rota, desesperada.
Las lágrimas no dejaban de caer. Apenas podía ver con claridad, pero no se detenía. No podía detenerse.
Cada segundo que pasaba sin encontrarla era una tortura.
Sentía que el mundo se desmoronaba bajo sus pies.
Entonc