—¡¿Inocente?! —rugió Manuel Rosales—. ¡Ella no es inocente! ¡Ella mató a mi hija!
Su voz resonó por toda la mansión como un trueno cargado de dolor y rabia. Sus manos temblaban alrededor de la pistola mientras sus ojos enrojecidos parecían al borde de la locura.
Elíseo no retrocedió.
A pesar del arma apuntándole, dio un paso más hacia él.
Su expresión era fría. Tensa.
Pero en el fondo de sus ojos había algo más fuerte que el miedo. Desesperación.
—Te juro que Alessia es inocente —dijo con firme