Los músculos me dolían, cada parte de mi cuerpo me exigía que me quedara aquí, enrollada en las sábanas, durmiendo o simplemente acostada. Qué descansara el cuerpo, la mente. Pero no podía dejar de pensar no solo en todo lo que acabábamos de hacer, sino también en lo que no había hecho. Mi trabajo como ilustradora.
En definitiva, era la peor ilustradora de esta vida, la más irresponsable. Había ignorado por completo mis obligaciones como ilustradora para sucumbir a los deseos carnales. Estos