Pensé que estaba alucinando. Jamás imaginé que Alexander estuviera frente a mí, con sus ojos fijos en los míos, suplicándome una oportunidad para que nuestro matrimonio continuará.
Era incomprensible la forma en la que él se aferraba a mí. No lo entendía, hasta buscaba razones para esa actitud tan posesiva sobre mi persona. Y entre mis opciones más reales, se encontraba la posibilidad de que su estirada familia consideraba mal visto los divorcios. Eran personas que se regían mucho por las apa