Las caderas me dolían, mi parte íntima me ardía, los huesos me crujían, y aún así… jamás había estado mejor en toda mi vida.
Mis dedos recorrieron mi piel hinchada por sus besos. Gracias a que mi piel era demasiado blanca, se podía distinguir fácilmente el tono rojizo de sus chupetones.
Esperé unos segundos, enrollada en las sábanas, pero no hacía acto de presencia.
—¿Vinicius? —Llamé, con la voz algo ronca por la aventura de anoche, por darle tanto uso pecaminoso.
Mi corazón comenzó a latir