Tan pronto como la puerta se cerró tras Alexander, corrí hacia la cama y, con la cara aún ardiendo, escondí la bolsa de la lencería en el lugar más recóndito que encontré: debajo de la cama.
—Fue un gran error haberme comprando esa ropa —dije, con el corazón aún acelerado y la sensación de su lengua sobre mi piel—. Pudo haber causado una gran desgracia.
Era una solución infantil, lo sabía, pero la vergüenza y la confusión que me provocaba pensar en el contenido, y sobre todo en la reacción de