Parpadeé varias veces, sin poder creer lo que veía. Marcos estaba aquí, con su cabello rubio cubierto por una capucha, sus ojos marrones fijos en los míos.
No era una alucinación, no era un espectro, ni el reflejo distorsionado de una vitrina. Era él. Estaba aquí, frente a mí.
—Kiara, mi vida, me alegra verte —Sonrió.
¿Mi qué…? ¿Este imbécil me había llamado “mi vida”?
Quería gritarle, pero mi boca no se movió. Sentía que algo andaba mal.
Tomé la manija con fuerza y traté de cerrar