No fui capaz de procesar sus palabras. Era como si hubiera perdido la audición durante unos segundos.
—¿Qué dices…? —hablé, incrédula.
Intenté retroceder, bajarme de la camilla, pero ella tomó mi muñeca.
—No, escúchame, por favor —Respiró profundo, resistiendo las lágrimas—. Yo soy la culpable de que él te haya tratado tan mal, que te tenga tanto odio, ya que no eres su hija. Cómo tú, yo fui vendida a mi esposo, pero por un precio muchísimo más bajo, casi regalada. Y yo no quería ese matrimon