Los gritos de Jacinta resonaban por el gran vestíbulo de la mansión De la Vega Montesino, rebotando entre las imponentes columnas de mármol. Varios guardaespaldas corpulentos la sujetaban de los brazos, impidiéndole subir las escaleras hacia el segundo piso.
—¡Suéltenme! ¡Tengo que ver a Violetta! ¡El tío Alejandro volvió a ponerse crítico! ¡Valerie está en peligro! —gritó Jacinta con la voz ronca y temblorosa.
—Lo siento, señora. Será mejor que se marche. La señorita Violetta no bajará.
—¡No!