El jardín trasero de la residencia De la Vega Montesino, que antes era tranquilo, se convirtió en una sala de espera para una ejecución. El viento de la tarde soplaba desde Avenida Constituyentes, haciendo caer pétalos morados de jacaranda sobre la mesa de mármol. Allí, Alejandro estaba sentado con el cuerpo frágil, las manos temblándole violentamente sobre las rodillas.
—Violetta… el tío te suplica que lo perdones, hija. Durante todo este tiempo te he mentido —sollozó Alejandro, con la voz ron