La noche en la Ciudad de México nunca era completamente silenciosa, pero dentro de la lujosa habitación de Esperanza, el silencio resultaba sofocante. La mujer ya había marcado el número de Diego Costa por quinta vez. Sin resultado alguno. El monótono tono de llamada terminó nuevamente con la fría voz de la operadora.
—¡Maldito seas, Diego! —gruñó Esperanza.
Desbordada por la rabia, arrojó su teléfono sobre la cama cubierta de seda.
Se dejó caer al borde del colchón, respirando agitadamente. Su