—Mateo, quiero que averigües todo sobre Diego Costa.
—Sí, señor. Me encargaré de inmediato.
Treinta minutos después, Mateo ya había reunido toda la información. Mientras tanto, Vir seguía esperando, golpeando con los dedos la superficie de su escritorio de caoba, con la mirada fija en Mateo, que acababa de regresar de la sala de archivos.
—¿Lo tienes todo? —preguntó Vir.
Mateo dejó una gruesa carpeta marrón frente a él.
—Ya reuní toda la información, señor. También hablé con el encargado de los