Después de que el rugido del motor del auto deportivo de Vir se desvaneciera en la distancia, el silencio envolvió el lujoso comedor. Vir había partido hacia la oficina junto a Mateo, dejando tras de sí una atmósfera repentinamente incómoda. Esperanza, que antes se había levantado, volvió a sentarse en la cabecera de la mesa. Sus ojos agudos y autoritarios observaron a Violetta, que aún sostenía la servilleta con los dedos temblorosos.
—Violetta —la llamó Esperanza con calma.
Violetta se sobres