21

Norton ya no podía demorarse más en Oahu y se marchó esa misma tarde, luego de hacer jurar a Finnegan por todos los evangelios que lo llamaría si era necesario.

Cuando regresaron del aeropuerto, Finnegan le tendió una cerveza a Stu.

—Al fin solos —dijo con un guiño cómplice.

Stu asintió y se sentó a la mesa de la cocina con un suspiro. La computadora estaba allí, cerrada, pero ni siquiera la miró. Cecilia no estaba conectada: intentaba recuperar las horas de sueño que él

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