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Mis ojos permanecieron clavados en el jardín cuando sentí que te acercabas más a mí. No sabía por qué el miedo me había saltado a la garganta, pero de pronto me temblaban las rodillas.

—¿Vamos? —susurraste, tu mano rodeando la mía con una caricia.

Me obligué a enfrentarte. No sé qué cara tenía, pero te hizo fruncir el ceño.

—¿Qué ocurre, nena? —preguntaste en un soplo—. ¿Acaso…? —Vacilaste, encontraste mis ojos—. ¿Acaso no quieres pasar la noche conmigo?

Quiero pas

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