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Mis ojos permanecieron clavados en el jardín cuando sentí que te acercabas más a mí. No sabía por qué el miedo me había saltado a la garganta, pero de pronto me temblaban las rodillas.

—¿Vamos? —susurraste, tu mano rodeando la mía con una caricia.

Me obligué a enfrentarte. No sé qué cara tenía, pero te hizo fruncir el ceño.

—¿Qué ocurre, nena? —preguntaste en un soplo—. ¿Acaso…? —Vacilaste, encontraste mis ojos—. ¿Acaso no quieres pasar la noche conmigo?

Quiero pasar el resto de mi vida con vos, no una noche.

Logré asentir, bajando la vista para escaparme de tus ojos escrutadores. Tus dedos presionaron los míos.

—Mírame, nena

Obedecí como siempre y me desconcertó tu expresión, entre perpleja y dolida.

—¿Qué es lo que no me estás diciendo?

Que te amo, tonto. Y en estos meses me había olvidado lo expuesta que estoy ante vos, lo indefensa que estoy, el poder arrollador que tenés sobre mí. Olvidé cómo lidiar con esta vulnera

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