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—Hola.

—Hola, ¿qué hora…?

—Deben ser pasadas las once por allí.

C se frotó la cara sin alzarla de la almohada, el cabello revuelto, los ojos enrojecidos, el ceño fruncido.

—¿No es un poco temprano para ti?

—Me gustan las mañanas de invierno. Está lloviendo, las niñas aún duermen.

—Estás tranquilo —asintió ella. Se presio

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