El contraste fue brutal. Salir de la calma perfumada y ordenada de la mansión para sumergirme de nuevo en la atmósfera cargada del motel fue como caer de un sueño a la más cruda realidad. El olor a tabaco rancio, comida barata y desinfectante débil me golpeó al abrir la puerta principal del edificio. Mi habitación estaba al final de un pasillo mal iluminado, y fue allí donde me encontré con ellos.
Tres hombres, grandes y de movimientos toscos, bloqueaban el camino. No hacía falta que me lo dije