Alexander llegó a casa sintiéndose exhausto, como un zombie revitalizado solo por la adrenalina del trabajo. Se dirigió a la cocina y se sentó en uno de los altos taburetes. Doris, siempre atenta, ya le había servido un bistec acompañado de puré de papas.
—Señor, ¿quiere que le sirva un poco de vino? —le preguntó Doris, señalando la botella.
Alexander asintió. Ella le sirvió.
—¿Necesita algo más, señor?
—No, puedes retirarte. Muchas gracias.
Doris se disponía a marcharse, pero la voz de Alexan