Esa noche, cuando Alexander entró en la habitación para descansar, encontró a Valeria acurrucada en su lado de la cama. Él ocupó el espacio vacío, observándola con una intensidad que no podía disimular.
—Valeria —su voz era suave y cargada de culpa—. Quiero disculparme otra vez por lo que pasó hoy. Ha sido mi culpa, y te prometo que no volveré a ponerte en una situación de riesgo como esa.
Ella lo miró. Sus ojos ya no reflejaban el pánico, sino una rendición silenciosa. Asintió, aferrada a las