Brenda llevó de nuevo la copa de vino a sus labios y volvió a morderse el labio con tanta frustración que terminó rompiéndose la piel inferior.
—¡Maldita sea! —maldijo en voz alta.
Se levantó como un animal enjaulado en busca de un botiquín. Consiguió algo para desinfectar la herida y puso una pequeña curita. Terminó de lavar la copa, apoyándose en la encimera. Había creído que Alexander tenía algún interés en ella. Todavía no dejaba de pensar en la mirada que el hombre le dedicó la primera vez