Con el permiso de Alexander concedido, Valeria sintió un pequeño alivio al vestirse. Eligió del armario algo cómodo y salió, avisándole a Doris que ya estaba lista. Doris, ya instruida por Alexander, no puso ninguna objeción, y salieron juntas del piso.
Mientras bajaban en el ascensor, Doris la miraba con nerviosismo a intervalos regulares. Valeria se dio cuenta de su ansiedad y decidió tranquilizarla.
—No tienes que preocuparte por mí, Doris —aseguró, con un tono suave—. No tengo intenciones