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Doris terminó de llegar al comedor una vez Valeria se había retirado. Alexander todavía permanecía en la mesa, pero con ambos codos apoyados y la cabeza entre las manos, en una expresión de impotencia y enojo brutal.

Doris, con voz insegura, hizo saber de su presencia. El hombre se percató de ella, volteó a mirarla y se levantó de golpe.

—Encárgate de esto —espetó, señalando la mesa con un movimiento brusco—. Ya no voy a comer.

Se fue a su habitación sin decirle nada más. Doris iba a cuestionar
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