Alejandro sabía que cuando a su esposa se le metía algo en la cabeza no había nada que pudiera detenerla, nada que hiciera que ella diera su brazo a torcer. Así que, simplemente, se quedó allí, resignado, sabiendo que Diana terminaría reuniéndose con esa mujer sin importar las advertencias. Lo haría de todos modos.
Alejandro se levantó. Diana hizo lo mismo. Alexander fue el siguiente en abandonar el asiento, sabiendo que ya ambos se retirarían.
—Una vez más, lamentamos mucho quitarte tiempo imp