Valeria todavía tenía la respiración entrecortada. El shock la había dejado muda. No sabía cómo Alexander la había descubierto. Estaba temblando de pies a cabeza al pensar en cómo confesarle. Le daba vergüenza haber sido tan tonta, de creer que ese hombre, con todo su poder, no pondría a alguien a vigilarla. Esa era la única explicación.
—¿Alexander…? —balbuceó, sin poder terminar la frase.
—¡Habla! ¡Habla de una vez! —rugió él, exigiendo una respuesta.
Ella bajó la cabeza, quedándose en silenc