En la mañana, Valeria estaba removiendo la cuchara sobre la avena frente a ella, completamente desganada. Se obligaba a desayunar por el bien de los bebés que crecían dentro de ella. Sabía que no podía saltarse la comida; el desayuno era vital durante el embarazo, y no podía darse el lujo de dejar de nutrirse.
De pronto, la puerta se abrió. Por un momento, pensó que Alexander había regresado porque había olvidado algo de trabajo. Pero la sorpresa que la invadió fue indescriptible: allí estab