TANYA RHODES
—¿Te gusta? —preguntó Viggo en cuanto bajamos del auto que nos llevó del aeropuerto hasta la casa donde viviríamos. Era un lugar muy lindo, con techo de dos aguas y fachada blanca. Por fuera parecía un lugar de cuento de hadas y por dentro algo más sobrio y minimalista.
—Es hermosa —respondí casi en un susurro y de inmediato me puse detrás de Viggo para empujar su silla. El pecho lo tenía lleno de adrenalina por la nueva aventura—. Jamás me hubiera imaginado viajar tan lejos de ca