TANYA RHODES
Con ambas manos empujé a Noah por el pecho y desvié el rostro. No fui tosca ni explosiva. No era mi intención ser grosera. Cada uno de mis movimientos fueron lentos, pues su gesto me había arrancado todo el aire de mis pulmones.
—¡¿Qué se supone que estás haciendo?! —pregunté después de apartarme de sus labios cálidos y su aliento que caía por mi cuello. Entonces pensé en la noche que pasamos juntos, esa que no recordaba, pero que me atormentaba por lo menos cinco minutos al día.