TANYA RHODES
La casa de Paulina era enorme, minimalista, sobria, inspiraba frialdad y oscuridad. Se abrieron las puertas automáticas y ella lucía una sonrisa victoriosa mientras yo podía sentir el movimiento de mis intenciones dentro de la mochila que sostenía contra mi pecho.
—Aquí estarás a salvo, ya verás —dijo con suficiencia antes de verme por el rabillo del ojo—, Viggo no te hará nada.
Apreté los labios y traté de esbozar una sonrisa, pero estaba demasiado nerviosa. Bajamos el auto en c