TANYA RHODES
Fabián me cubrió con su cuerpo y lamió la lágrima que caía por mi mejilla, mientras yo empezaba a ver borroso. Con las pocas fuerzas que me quedaban, dejé de empujarlo y entonces hundí mi pulgar en su ojo derecho. La sensación fue desagradable, pero su grito de dolor fue satisfactorio.
De inmediato se levantó, quedando a horcajadas sobre mí, cubriendo su ojo con una mano mientras maldecía y yo tosía.
—¡Maldita perra! ¡A la mierda! ¡Muerta también me sirves! —exclamó furioso levan