TANYA RHODES
Llegué hasta ese viejo cuarto donde había sobrevivido los últimos años, incluso pasé mis dedos por el agujero de la puerta, donde esos asquerosos ojos me veían cada noche. Ya no sentía ese miedo que me invadía y me paralizaba. Por el contrario, sentía rabia, porque ahora era capaz de enfrentarlo con más valentía que la niña de catorce.
—He mantenido el cuarto limpio y ordenado —dijo mi madre entrando con cautela—. Por si un día volvías.
—No creo volver jamás. No a este cuarto —re