VANESSA GARDNER
—Mi linda ardillita es muy inteligente. —Me sonrió con melancolía y apoyó su frente en la mía—. ¿Me tienes miedo?
Me quedé sin aliento. Había soltado una teoría que se había confirmado. Mi estómago se encogió y mi corazón se detuvo.
—Noah, ¿estás bromeando? Dime que lo estás haciendo —susurré casi sin voz. Entonces tomó mi rostro entre sus manos y besó mi frente.
—Yo lo hice. Yo les arranqué el rostro, yo les quité la lengua, yo les quemé los ojos… —contestó con esa mirada que