TANYA RHODES
Me quedé sentada, mientras el tic tac del reloj se hacía cada vez más inquisitivo. Viggo permanecía con ese rostro serio, frío, era imposible saber qué era lo que estaba pensando, mientras que, del otro lado de la mesa, Noah pegaba con su dedo índice sobre la madera, al ritmo del reloj, impasible.
—Eres la mujer más extraña que he conocido… —dijo por fin rompiendo el silencio. Clavando sus ojos azules en mi rostro. No pude sostenerle la mirada—. Te presentas de noche, empapada, int