VANESSA GARDNER
Noah no parecía la clase de hombre que solo necesitaba cinco minutos, y la hora que habíamos llegado con antelación ahora me parecía premeditada. El maldito me había puesto una trampa con el pretexto de que quería que su última ponencia empezara bien. Supongo que ahí estaba el mensaje oculto entre sus palabras.
Me dio la vuelta con facilidad, como si no pesara más que una muñeca de trapo. Sentada sobre el escritorio, se aferró a mi cuerpo, abrazándome con fuerza mientras volvía