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Capítulo 11 : No Cruces La Línea

Llevaba toda la tarde dando vuelta como León enjaulado desde que supe que Matteo acompañó a Sophie a su casa.

Le había mandado un mensaje que lo necesitaba con urgencia de regreso a casa. Se supone que iría a una reunión para ver qué tal iba los negocios, no hacer una visita social a casa de la niñera.

Al la puerta de mi despacho abrirse, levantó la mirada y lo encuentro con una sonrisa algo estúpida .

—¿Qué sucede?

—Se supone que ibas a una reunión, no hacer visita social en casa de Sophie.

—¿Cómo supiste que...?

—Te recuerdo que también es mi chofer —Lo interrumpo —. ¿Y por qué traes una sonrisa estúpida?

—Nada. Simplemente que me agradó la visita a casa de Sophie. Iré con más frecuencia.

—No cruces la línea...—Siseo advirtiéndole —. Te quiero lejos de ella.

—¿De Sophie? , ¿Por qué? —Me mira fijamente —. ¿Acaso te gusta?

No respondo su respuesta y parece ser suficiente para este darse cuenta.

—¡Te gusta! Oh m****a. Al gran Lorenzo de Luca le gusta la niñera.

—Vuelves a repetir eso y se me va olvidar que eres mi sangre.

—Vamos hermano. —Ríe divertido —. No me gusta Sophie. Me gustó fue su mejor amiga.

—Emily Carter —Le respondo —. Es enfermera en el hospital privado de la ciudad, viene de una familia clase media y es guapa.

—¿Y tú cómo...? Averiguaste su mundo.

—No dejaría que una extraña entrara a mi casa sin saber su alrededor.

Marco se había encargado de averiguar todo relacionado a ella. Su entorno, estudios y trabajos anteriores.

La puerta del despacho de abrió entrando mi padre. Entro al despacho con el rostro endurecido. Bastó una mirada para que la sonrisa desapareciera del rostro de Matteo.

—Necesito hablar con ambos.

Me puse de pie de inmediato.

—¿Qué sucede?

—Tenemos problemas.

El silencio que siguió pesó como una losa.

—Atacaron el hangar.

Sentí cómo todos los músculos de mi cuerpo se tensaban.

—¿Cuál de todos?

—El del puerto.

Mi mandíbula se endureció.

—¿Cuántos hombres perdimos?

—Tres muertos. Cinco heridos. Dos están graves.

Matteo dejó de apoyarse contra el escritorio.

—¿Quién fue?

Mi padre lanzó una carpeta sobre el escritorio.

—Nuestros hombres alcanzaron a capturar a uno antes de que escapara.

Abrí la carpeta. Las fotografías mostraban el estado del almacén: cajas reducidas a cenizas, vehículos perforados por decenas de disparos y los cuerpos cubiertos con sábanas blancas.

La última fotografía era de un hombre ensangrentado, esposado a una silla.

—¿Habló?

—No mucho. Le arrancaron la lengua antes de enviarlo.

Apreté los dientes.

Un mensaje.

No era un simple ataque.

Era una declaración de guerra.

—¿Quién lo envió?

Mi padre me sostuvo la mirada.

—Los Vittorio.

El despacho quedó completamente en silencio.

Hacía siete años que ambas familias mantenían una paz incómoda. No era amistad. Tampoco confianza. Era un acuerdo tácito para evitar una guerra que habría convertido Bellmont en un cementerio.

Nadie cruzaba ciertas líneas.

Ellos acababan de hacerlo.

—¿Qué se llevaron? —pregunté.

—Nada.

Fruncí el ceño.

—¿Nada?

—Quemaron la mercancía, ejecutaron a nuestros hombres, secuestraron a nuestro proveedor y se marcharon sin llevarse un solo contenedor.

Eso cambiaba todo.

No buscaban dinero.

Buscaban enviarme un mensaje.

—Quieren que reaccionemos —murmuré.

Mi padre asintió.

—Y quieren obligarnos a romper el pacto frente a las demás familias.

Matteo dio un paso hacia nosotros.

—Eso no tiene sentido. Los Vittorio nunca se arriesgarían a iniciar una guerra sin tener respaldo.

Mi padre respiró profundamente.

—Precisamente por eso me preocupa. No creo que estén solos.

Un nudo se formó en mi estómago.

Si otra familia estaba respaldando a los Vittorio, aquello podía convertirse en el conflicto más grande que Bellmont hubiera visto en décadas.

Me acerqué al ventanal del despacho. Desde allí podía verse gran parte de la ciudad iluminada.

Bellmont seguía con su vida.

La gente caminaba, reía y cenaba sin imaginar que, mientras ellos dormían, una guerra acababa de comenzar.

—Convoca a Marco —ordené sin apartar la vista del cristal.

—Ya viene de camino —respondió mi padre.

—Quiero a todos los altos mandos en la sala de reuniones dentro de treinta minutos. Nadie sale de la ciudad sin mi autorización. Refuercen la seguridad de cada almacén, del puerto y de todas nuestras empresas.

Mi padre salió del despacho levantando su móvil y empezando hacer llamadas. Matteo parecía pensativo pero sabía que estaba más que eso.

—No nos podemos quedar de manos cruzadas Lorenzo. Acabamos de perder miles de dólares.

—Lo sé. Por eso el siguiente golpe lo daremos nosotros.

Salí del despacho junto con él. Caminamos a la sala de reuniones la cual quedaba a unos metros alejada de la mansión.

Observé carro por carro empezar a llegar. Se trataba de altos mandos. Diputados, jefes de estado e inclusive jefes de gobierno.

Al entrar al salón, todos se encontraban tomando asiento. La última en llegar fue Isabella. Su expresión era tan fría que bastó verla para entender que ya estaba al tanto de lo ocurrido.

El murmullo cesó en cuanto ocupé la cabecera de la mesa.

Marco repartió una carpeta negra frente a cada uno de los presentes.

—Todos conocen la razón de esta reunión —dije con voz firme—. Los Vittorio decidieron romper el pacto. Atacaron uno de nuestros hangares, asesinaron a tres de nuestros hombres y secuestraron a uno de nuestros principales proveedores.

Un silencio pesado se instaló en la sala.

Los rostros de quienes habían construido Bellmont junto a mi familia se endurecieron.

Uno de los diputados fue el primero en hablar.

—Conocemos la situación, Lorenzo. Ya hemos sido informados. Desde este momento comenzaremos a cerrarles todas las puertas que podamos desde el ámbito institucional.

Varios asintieron.

—Las licitaciones en las que participen serán revisadas con lupa.

—Los permisos pendientes dejarán de avanzar. —Respondió otro.

—Las inspecciones a sus empresas serán más frecuentes.

No era suficiente para destruirlos, pero sí para comenzar a asfixiarlos.

Entonces Isabella tomó la palabra.

Apoyó ambas manos sobre la mesa y nos recorrió con la mirada.

—No basta con responderles con burocracia. —Toda la atención se centró en ella —. Los Vittorio entienden un solo idioma: las pérdidas.

Su voz sonó firme.

—Congélenles las cuentas que dependan de nuestros aliados financieros. Ciérrenles las puertas en los negocios donde todavía tenemos influencia. Si quieren una guerra, que empiecen a sentir cuánto cuesta mantenerla.

Nadie la interrumpió.

—Y golpeemos donde más les duele: su logística.

Miró directamente a Marco. Él entendió la indirecta de inmediato.

Sacó otra carpeta más delgada y la deslizó sobre la mesa hasta detenerla frente al capitán encargado de la seguridad de Bellmont.

—Durante los últimos seis meses hemos documentado varios movimientos de los Vittorio.

El alto mando encargado de la policía abrió la carpeta.

Mapas.

Fotografías.

Horarios.

Puntos de entrada y salida.

—Creíamos que solo estaban ampliando sus rutas comerciales —continuó Marco—. Pero hace unas semanas confirmamos algo distinto.

Pasó la siguiente página.

—Los Vittorio rompieron una de las reglas que todas las familias respetan.

La sala volvió a quedar en silencio.

—Están traficando drogas.

Varios de los presentes intercambiaron miradas.

En Bellmont existían muchas actividades ilegales toleradas entre las familias, pero había una línea que casi nadie cruzaba.

Las drogas.

Durante décadas habían sido consideradas un negocio demasiado inestable. Generaban adicción, atraían demasiada atención de las autoridades y terminaban destruyendo los barrios que todas las familias necesitaban mantener bajo control.

Mi padre cruzó los brazos.

—Si decidieron entrar en ese negocio, dejaron de respetar el código.

Marco señaló el mapa.

—Aquí tienen cada una de las rutas que hemos identificado hasta el momento. Horarios, transportistas, bodegas y empresas pantalla que utilizan para mover la mercancía.

El coronel cerró la carpeta lentamente.

—Entendido.

Marco continuó.

—Quiero vigilancia permanente sobre cada punto. Intercepten la información, bloqueen sus corredores logísticos y asegúrense de que cada cargamento desaparezca antes de llegar a su destino. Si los Vittorio quieren financiar una guerra con ese dinero, primero tendrán que encontrar la mercancía.

Una leve sonrisa apareció en el rostro de Isabella.

—Perfecto. Ellos incendiaron uno de nuestros hangares —Se inclinó apenas hacia delante —.Nosotros incendiaremos sus ganancias.

Observé uno a uno a los presentes.

Ya no había dudas. No estábamos reunidos para decidir si responderíamos.

La única pregunta era cuánto tardarían los Vittorio en comprender que acababan de empezar una guerra la cual perderían...

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