Capítulo 12 : Daniel

—Ese hombre será tu perdición Soph.

Fueron las únicas palabras que pudo decir Emily después de contarle todo lo sucedido con Lorenzo de Luca.

Había decidido no conversar más el tema. A la mañana siguiente decidí hacer un poco de limpieza en mi habitación y luego ir a la universidad por mis horarios y comprobantes de clases.

—Sophie.

Reconocía esa voz. Se trataba de Daniel Brooks. A Daniel lo conocía desde que había empezado la carrera.

Éramos muy compatibles, nos llevábamos muy bien. Hasta que cometí el gran error de acostarme con él creyendo que entendería que solo era algo casual. Pero terminó condensándose en una borrachera que estaba enamorado de mi.

Desde entonces he tratado de esquivarlo lo más que puedo, pero parece que esta vez no será posible.

—Daniel. —Fue lo único que pudo salir de mis labios al detenerme —. ¿Cómo has estado?

—Te estuve llamando, pero no respondes mis llamadas y mucho menos mis mensajes.

—Estado muy ocupada.

—Lo sé. Hace unos días fui a visitar a Emily y me contó que tienes nuevo trabajo y nada más y nada menos que con una de las familias más ricas de Bellmont, pero no me dijo cuál.

—Así es. Así que ya te imaginarás que no he tenido tiempo de nada.

—¿Cómo harás con la universidad?

—Mi jefe y yo llegamos a un acuerdo para que mis clases no se vean afectadas.

—Vaya, eso me alegra —Toma mi mano —. ¿Me permites invitarte almorzar? Sería para ponernos un poco al corriente de todo este tiempo alejados.

—Daniel, no sé si pue...

—Solo será un almuerzo, Soph.

Lo miré durante unos segundos.

Sabía perfectamente que Daniel no quería simplemente ponerse al día. Lo conocía demasiado bien. Sin embargo, también sabía que no podía seguir evitándolo para siempre.

Suspiré.

—Está bien... pero solo un almuerzo.

Una sonrisa se dibujó inmediatamente en su rostro.

—Perfecto. Conozco un restaurante en el centro de Bellmont que te va a encantar.

—No puedo quedarme toda la tarde.

—No te preocupes. Prometo devolverte temprano.

Asentí con una pequeña sonrisa.

—Entonces vamos.

Daniel caminó a mi lado mientras salíamos del campus.

Su auto estaba estacionado a pocos metros de la entrada. Como todo un caballero, abrió la puerta del copiloto antes de rodear el vehículo para ocupar el asiento del conductor.

—Señorita Collins.

Negué con la cabeza entre risas.

—Sigues siendo igual de exagerado.

—Y tú sigues rodando los ojos cada vez que hago algo lindo.

—Porque lo haces demasiado dramático.

Los dos reímos.

Durante el trayecto hablamos de la universidad, de las materias que cursaría en mi semestre.

De algunos profesores que seguían siendo tan estrictos como siempre.

También me contó que había comenzado sus prácticas profesionales y que, si todo salía bien, en pocos meses podría quedarse trabajando en el hospital.

Me alegraba verlo tan entusiasmado. Daniel siempre había sido una buena persona y quizá por eso me sentía culpable.

Porque, aunque él merecía una oportunidad, yo no podía dársela.

El restaurante estaba ubicado en una de las avenidas más concurridas del centro de Bellmont.

Era elegante, con una decoración moderna y enormes ventanales que dejaban entrar la luz del mediodía.

El aroma a pan recién horneado y especias italianas invadía el ambiente. Un mesero nos condujo hasta una mesa junto a la ventana.

—¿Qué te parece? —preguntó Daniel mientras tomábamos asiento.

Observé el lugar con atención.

—Es precioso.

—Sabía que te gustaría.

Tomamos los menús y, después de ordenar, la conversación volvió a fluir con naturalidad.

Por un momento sentí que todo era como antes. Dos amigos compartiendo un almuerzo, sin tensiones y sin complicaciones.

Aunque, en el fondo, sabía que esa tranquilidad no duraría demasiado.

—¿Ya sabes qué vas a pedir? —preguntó Daniel mientras dejaba el menú sobre la mesa.

Lo hojeé por unos segundos.

—Creo que pediré una pasta.

—Sabía que dirías eso.

Fruncí el ceño.

—¿Cómo que lo sabías?

—Siempre terminabas pidiendo pasta cuando salíamos con el grupo de la universidad.

Sonreí.

—Tienes muy buena memoria.

—Contigo siempre la he tenido.

No supe qué responder.

Por suerte, el mesero apareció para tomar la orden.Cuando se marchó, la conversación volvió a ser ligera.

Daniel comenzó a contarme algunas anécdotas de sus prácticas en el hospital, de pacientes que jamás olvidaría y de un médico que parecía creer que los internos no necesitaban dormir.

No pude evitar reír.

—Definitivamente elegiste una profesión muy sacrificada.

—Pero me gusta.

Asentí.

—Se nota.

Durante unos minutos hablamos de la universidad, de Emily y de algunos antiguos compañeros.

Era agradable.

Por un momento olvidé todo lo relacionado con la mansión De Luca.

Hasta que Daniel dejó de sonreír. Su expresión cambió por completo.

—Soph...

Levanté la mirada.

—¿Sí?

Tomó aire antes de hablar.

—Sé que probablemente no debería tocar este tema otra vez.

Mi estómago se tensó. Ya sabía hacia dónde iba aquella conversación.

—Daniel...

—Déjame terminar, por favor.

Asentí en silencio.

Él bajó la vista unos segundos antes de volver a mirarme.

—Han pasado meses desde aquella noche y pensé que lo que sentía desaparecería. —Soltó una pequeña risa sin humor —. No pasó.

Sentí un nudo en la garganta.

—Sigo enamorado de ti.

El restaurante continuaba lleno de conversaciones y risas.

Sin embargo, en nuestra mesa el tiempo pareció detenerse.

—No espero presionarte, ni que cambies de opinión. Solo necesitaba que lo supieras.

Respiré profundamente.

—Daniel...

Busqué las palabras adecuadas.Era un hombre maravilloso y justamente por eso no quería darle falsas esperanzas.

—Te quiero muchísimo.Siempre voy a agradecer tenerte en mi vida.Pero lo que siento por ti nunca ha ido más allá de una amistad.

Vi cómo su sonrisa se apagaba apenas.

—No puedo ofrecerte algo que no nace de mí.

Guardó silencio unos segundos. Luego dejó escapar una sonrisa resignada.

—Supongo que necesitaba escucharlo de nuevo.

—Lo siento.

Negó con la cabeza.

—No te disculpes. El corazón no se obliga.

Sonreí con ternura.

—¿Seguimos siendo amigos?

Daniel soltó una risa.

—Siempre.

Los dos reímos, dejando que la tensión desapareciera poco a poco.

Fue entonces cuando una voz femenina llamó mi atención.

—¡Sophie!

Giré la cabeza de inmediato.

Una enorme sonrisa apareció en mi rostro al encontrarme con Isabella caminando hacia nuestra mesa. A su lado venía Matteo y, unos pasos detrás de ellos, Lorenzo.

—Isa...—Me levanté enseguida para abrazarla —.Qué gusto verte.

—Y a ti. —Sonrió mientras correspondía el abrazo—. Ya empezaba a extrañarte.

Matteo se acercó después.

—¿Y yo qué? ¿No merezco un saludo?

Reí divertida antes de darle un beso en la mejilla.

—Hola, Matteo.

—Ahora sí.

Solo entonces miré a Lorenzo, que permanecía unos pasos detrás de sus hermanos.

—Hola, señor De Luca.

Él hizo un leve movimiento con la cabeza.

—Sophie.

Nada más. Ni una sonrisa, ni un gesto amable. Solo esa mirada seria que comenzaba a incomodarme.

Por suerte, Isabella rompió el silencio.

—¿No vas a presentarnos a tu amigo?

—Claro.

Miré a Daniel.

—Él es Daniel Brooks. Estudiamos juntos en la universidad.

Daniel se puso de pie enseguida.

—Mucho gusto.

Isabella fue la primera en estrechar su mano.

—Encantada. Soy Isabella De Luca.

Después señaló a sus hermanos.

—Ellos son mis hermanos, Matteo y Lorenzo.

Vi cómo la expresión de Daniel cambiaba por completo.Sus ojos se abrieron ligeramente mientras alternaba la mirada entre los tres.

—¿De Luca...? —repitió casi en un susurro.

Isabella sonrió con naturalidad.

—Así es.

Daniel volvió a mirarme, completamente sorprendido.

—¿Ellos... son la familia para la que trabajas?

Asentí con una pequeña sonrisa.

—Sí.

Daniel dejó escapar una risa incrédula.

—Vaya... ahora entiendo por qué Emily dijo que eran una de las familias más importantes de Bellmont, pero no me dijo cuál.

Matteo sonrió de lado, acostumbrado a ese tipo de reacciones.

—No te preocupes. A veces el apellido impresiona más de la cuenta.

Daniel soltó una pequeña risa, todavía algo desconcertado.

—Un poco, sí.

Mientras todos intercambiaban unas cuantas palabras, sentí la mirada de Lorenzo.

No estaba observando a Daniel con curiosidad. Lo estaba evaluando como si intentara averiguar qué lugar ocupaba en mi vida.

Y, por la rigidez de su mandíbula, la respuesta no parecía gustarle en absoluto...

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