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Capítulo 30 : ¿Estás Molesta?

—¡Estás en la sección de entretenimiento de los periódicos y redes sociales de todo Bellmont!

Había llamado a Emily y se encontraba eufórica, contándome que había visto todas las fotografías de la gala de anoche.

«Si ella supiera que, hasta ahora, ha sido la noche más horrible de mi vida».

—Te veías guapísima al lado de Noah y Lorenzo. Parecías una esposa glamorosa, a su altura.

—Deja de hablar tonterías —la interrumpo—. Pero ya puedes estar tranquila, estoy bien.

—Eso me alegra. Ya puedo irme a casa a descansar en paz. Si Matteo no me hubiera dado razón de ti, habría ido a buscarte a la mansión Bellmont.

—Estoy bien, no exageres. Y, a propósito... ¿por qué tú y Matteo intercambiaron números?

Guarda silencio y sé lo que significa eso.

—Emily...

—En mi defensa, él dio con mis redes sociales y allí empezamos a interactuar hasta que intercambiamos números.

—Ten cuidado, Emily. Estamos hablando de un hombre con un estatus diferente al nuestro y acostumbrado a estar rodeado de mujeres.

—Lo sé, no soy tonta. Pero tampoco espero que me tome en serio o se case conmigo. Solo nos estamos conociendo.

—Está bien.

—Estoy agotada. Necesito dormir al menos unas doce horas sin interrupción.

—¿Ya terminaste tu turno?

—Sí, voy camino a casa finalmente.

—Está bien. Escríbeme cuando despiertes de tu largo sueño, bella durmiente. Te quiero.

—Y yo a ti, boba.

Cuelgo la llamada.

Observo por la ventana a Noah, quien se encuentra en el jardín con su profesor de arte.

Tenía al menos una hora libre al día mientras él tomaba sus clases de pintura.

—¿Qué haces allí?

No me giro porque sé perfectamente de quién se trata.

—Nada, solo veo a Noah tomar su clase.

Observo de reojo cómo se coloca a mi lado y suspira.

—¿Estás molesta?

—¿Debería?

Niega con la cabeza.

—Pero estás actuando distante y hasta callada.

—Solo estoy tratando de acostumbrarme a todo esto —acepto finalmente—. Pero estoy bien, no te preocupes.

—Esta noche asistiremos a una cena.

¿Cena?

—¿Qué cena?

—Esta noche habrá una cena que realizará el alcalde. Empresarios e inversionistas de Bellmont estamos invitados.

—¿Pero por qué debo asistir?

—Porque allí estarán los Moretti como invitados también y quiero que Leonardo te vea a mi lado, pero, sobre todo, que vea que no le tienes una pizca de miedo.

«Leonardo».

Ese maldito infeliz me había hecho tener la peor noche de mi vida. No sabía si era capaz de tenerlo en frente sin poder arrancarle los ojos por el trago amargo que me hizo sentir durante esas horas.

—Pero si no quieres ir, también puedo entende...

—Iré contigo —lo interrumpo—. Asistiré a esa cena.

—De acuerdo.

Se gira y toma mis manos.

—Isabella se encargará nuevamente de ayudarte a alistarte para esta noche.

—¿Y Noah?

—Elisa cuidará de él por hoy.

Suspiro.

Parece darse cuenta de mis nervios y deja un beso sobre mis manos.

—No dejaré que nadie te haga daño, Sophie. Primero me tendrán que matar antes de que alguien vuelva a tocarte.

Asiento.

Esas palabras, más que calmarme, me hacían ponerme más nerviosa. Porque no sabía hasta dónde era capaz de llegar Lorenzo, pero sí sabía que era alguien a quien era mejor temerle.

La tarde pasó mucho más rápido de lo que esperaba.

Después de almorzar, intenté mantener mi mente ocupada con Noah. Lo acompañé durante parte de su clases de tutoría y terminé riéndome cuando acabó agotado.

Por unas horas conseguí olvidar la cena.

Hasta que Isabella apareció en la habitación.

—¿Estás lista?

La miro desde el espejo.

—¿Lista para qué?

—Para que te convierta nuevamente en la mujer que todos los hombres de Bellmont van a querer mirar esta noche.

Ruedo los ojos.

—No necesito eso.

—No, pero si lucir como la más bella de esa cena.

Entra cargando varias prendas sobre sus brazos y las coloca sobre la cama.

No puedo evitar quedarme mirando.

—¿Todo eso es para mí?

—Todo.

—Isabella...

—Ni se te ocurra decirme que no quieres vestirte elegante.

Toma uno de los vestidos y lo levanta frente a mí.

Es largo, de una tonalidad oscura y con un escote discreto, pero lo suficientemente elegante como para hacerme sentir completamente fuera de mi zona de confort.

—Este.

—Es demasiado.

—Es perfecto.

—¿Y si no quiero llamar la atención?

Isabella me observa durante unos segundos antes de sonreír.

—Sophie, vas a entrar a una sala llena de empresarios, políticos y miembros de las familias más importantes de Bellmont acompañada por Lorenzo De Luca.

Hace una pausa.

—Vas a llamar la atención aunque vayas vestida de negro de pies a cabeza.

No puedo evitar suspirar.

—Ese es precisamente mi problema.

Isabella deja el vestido sobre la cama.

—Lorenzo dice que quiere que Leonardo me vea a su lado.

—Lorenzo quiere muchas cosas.

La miro.

—¿Y tú qué crees?

Isabella cruza los brazos.

—Creo que mi hermano está intentando protegerte a su manera.

—¿Y cuál es su manera?

—Haciendo que todos sepan que estás bajo su protección.

Trago saliva.

Eso no me tranquiliza.

—No sé si eso es algo bueno.

Isabella sonríe ligeramente.

—En este mundo, Sophie, que Lorenzo De Luca quiera protegerte es probablemente una de las cosas más seguras que pueden pasarte.

No sé si creerle.

Pero tampoco tengo tiempo para discutirlo.

Una hora después, me observo frente al espejo.

Por un momento, no reconozco a la mujer que tengo delante.

El vestido cae sobre mi cuerpo con elegancia y mi cabello está recogido parcialmente, dejando algunos mechones enmarcando mi rostro.

Isabella se coloca detrás de mí y sonríe satisfecha.

—Te dije que sería perfecto.

—No sé si estoy preparada para salir así.

—Lo estarás.

La puerta se abre.

Lorenzo entra.

Su mirada se dirige inmediatamente hacia mí.

Y se detiene.

No dice nada.

Eso me pone todavía más nerviosa.

—¿Qué? —pregunto.

Él sigue observándome unos segundos antes de acercarse.

—Nada.

—Entonces deja de mirarme así.

Una pequeña sonrisa aparece en sus labios.

—No puedo.

Siento que mis mejillas se calientan.

Isabella nos observa desde un rincón y, de repente, parece encontrar muy interesante revisar su teléfono.

—Ire a cambiarme, o se me hará tarde.

Antes de salir, me lanza una mirada que parece decirme que no piensa perderse absolutamente nada.

Cuando la puerta se cierra, quedamos solos.

Lorenzo se acerca hasta quedar frente a mí.

—¿Estás nerviosa?

—Un poco.

—No tienes por qué estarlo.

—Eso es fácil decirlo cuando eres tú quien puede entrar a cualquier lugar y hacer que todos se aparten.

Su expresión se endurece ligeramente.

—Esta noche no quiero que te apartes de mí.

Lo miro.

—¿Por Leonardo?

—Por todos.

Su respuesta me desconcierta.

—¿Qué significa eso?

Lorenzo guarda silencio durante un instante.

—Significa que quiero que estés a mi lado.

No sé por qué esas palabras consiguen ponerme todavía más nerviosa.

Quizá porque, por primera vez, no parece estar hablando solamente de protegerme.

Parece estar hablando de algo mucho más personal.

—Vamos —dice finalmente—. No quiero llegar tarde.

Me ofrece su brazo.

Lo observo durante unos segundos antes de tomarlo.

Mientras caminamos hacia la salida, intento convencerme de que aquella cena solo será una noche más...

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