Mundo ficciónIniciar sesiónEl trayecto hasta el lugar de la cena transcurrió en un silencio extraño.
No era incómodo. Era simplemente demasiado silencioso para mi gusto. Lorenzo permanecía a mi lado en el asiento trasero del automóvil, vestido con un impecable traje negro que hacía que pareciera todavía más intimidante de lo habitual. Yo, en cambio, no podía dejar de mirar mis manos. Estaba nerviosa. Mucho más de lo que quería admitir. —Deja de hacer eso. Levanto la mirada. —¿Hacer qué? —Mirar tus manos cada cinco segundos. —No estoy haciendo eso. Una sonrisa ladeada aparece en su rostro. —Lo acabas de hacer. Ruedo los ojos y vuelvo a mirar por la ventana. —Estoy nerviosa. —No tienes motivos para estarlo. —Eso dijiste antes. —Y sigo pensando lo mismo. El automóvil comienza a reducir la velocidad hasta detenerse frente al enorme edificio donde se celebraría la cena. A través de la ventana puedo ver decenas de personas y, para mi desgracia, también cámaras. Mi estómago se revuelve. —Lorenzo... Él gira hacia mí. —¿Sí? —Hay demasiados periodistas. —Lo sé. —¿Y no te preocupa? —No. —¿Por qué? Me observa durante unos segundos. —Porque esta noche quiero que todos sepan que estás conmigo. Antes de que pueda responder, el conductor abre la puerta. Lorenzo baja primero. Los flashes comienzan inmediatamente. Y entonces extiende su mano hacia mí. La miro. Luego lo miro a él. —Vamos. Coloco mi mano sobre la suya. Lorenzo entrelaza nuestros dedos. No simplemente me ayuda a bajar. Me toma de la mano. Y no la suelta. En cuanto mis pies tocan el suelo, los flashes aumentan. Escucho los murmullos de los periodistas. —¡Lorenzo! —¡Señor De Luca! —¡Una pregunta! —¿Quién es ella? —¿Es la misma mujer de la gala? Intento mantener la calma mientras caminamos. Pero las cámaras no dejan de seguirnos. Lorenzo se detiene. Yo también. Un periodista consigue acercarse lo suficiente. —Señor De Luca, ¿podría decirnos quién es la misteriosa mujer que lo acompaña nuevamente esta noche? Miro a Lorenzo. Por alguna razón, siento que mi corazón comienza a latir más rápido. Él baja la mirada hacia mí, aprieta suavemente mi mano y entonces responde: —Mi novia. El mundo parece detenerse durante un segundo. Los periodistas enloquecen. —¿Su novia? —¿Desde cuándo están juntos? —¿Es la mujer que apareció con usted en la gala? —¿Es cierto que ella vive en su residencia? —¿Piensan hacer pública su relación? Lorenzo no responde ninguna otra pregunta. Simplemente vuelve a caminar conmigo. Yo, en cambio, siento que mi rostro arde. —¿Tu novia? —susurro cuando estamos suficientemente lejos. —Sí. —No me avisaste que ibas a decir eso. —¿Querías que dijera otra cosa? Lo miro. —No sé. —Entonces no veo el problema. —Lorenzo... Sonríe. —Relájate, Sophie. —Aprieta nuevamente mi mano —. Prometo recompensarte a luego en mi habitación. Trago saliva. Sus palabras más que calmarme, hicieron que mi entrepierna palpitara. Al entrar al salón, las miradas continúan sobre nosotros. No sé qué me sorprende más. Los hombres que me observan, as mujeres que cuchichean o la naturalidad con la que Lorenzo camina a mi lado como si llevarme de la mano frente a toda aquella gente fuera lo más normal del mundo. El lugar es enorme. Mesas elegantemente decoradas, enormes lámparas de cristal y una orquesta tocando música suave al fondo. —Sophie. Lorenzo llama mi atención. —Quiero presentarte a algunas personas. Asiento. La primera persona a la que nos acercamos es un hombre de unos sesenta años, acompañado de su esposa y que perfectamente se quien es gracias a las noticias. —Señor alcalde. El hombre sonríe al reconocerlo. —Lorenzo. Me alegra mucho que hayas venido. Sus ojos bajan hasta nuestras manos entrelazadas. Después me observa. —Así que usted es la bella señorita de la que todos hablan esta noche. Siento que mis mejillas se calientan. —Sophie, él es el alcalde de Bellmont. —Mucho gusto. —El gusto es mío. Después de él vienen los diputados, empresarios, e inversionistas. Personas cuyos apellidos había escuchado cientos de veces en los periódicos y noticias. Lorenzo me presenta a todos y para mi sorpresa, ninguno me trata como una simple acompañante. Todos parecen saber quién soy, o al menos, parecen saber que soy importante para Lorenzo. Después de unos minutos comienzo a sentirme más cómoda. Hasta que mi mirada se dirige hacia el otro extremo del salón. Y lo veo. Leonardo. Está junto a un hombre mayor. Mi cuerpo se tensa inmediatamente y Lorenzo lo nota. —¿Qué sucede? —Leonardo. El hombre que está a su lado también nos observa. Tiene el cabello completamente canoso y una expresión seria. Leonardo murmura algo. Después ambos comienzan a caminar hacia nosotros. Lorenzo no se mueve y tampoco suelta mi mano. Cuando están frente a nosotros, el hombre mayor extiende una mano hacia Lorenzo. —Lorenzo. —Vittorio. Así que ese era él. Vittorio Moretti. El hombre que había estado detrás de aquella familia durante décadas. —Me alegra que hayas venido. Lorenzo observa su mano y no la estrecha. —No podía perderme esta noche. El ambiente se vuelve incómodo. Leonardo me mira. —Sophie. No respondo. —Lorenzo, quería disculparme contigo por lo ocurrido en la gala. Lorenzo da un paso hacia él. —No. Leonardo frunce el ceño. —¿No? —No tienes que disculparte conmigo.—Lorenzo aprieta mi mano —. Tienes que disculparte con ella. Leonardo dirige nuevamente su mirada hacia mí. —Lo siento, Sophie. Esta vez respondo. —No acepto tus disculpas de m****a Leonardo. Lorenzo lo observa fijamente. —Eso no significa que estemos a mano. Leonardo mantiene la mirada. —Lo sé. —El precio de tocar a mi mujer será caro. Un silencio absoluto cae entre nosotros. Mi respiración se detiene y Leonardo mira nuestras manos entrelazadas. —No volverá a ocurrir. —Más te vale. —Lorenzo se acerca un poco más —. Porque si vuelves a acercarte a ella, tu familia tendrá un funeral más pronto de lo que creen. Leonardo no responde, pero puedo ver el enojo en sus ojos que brillan de la rabia. Vuelve a mirarme. —Supongo que estaba equivocado contigo. Frunzo el ceño. —¿En qué? —Pensé que eras ingenua. Hace una pequeña pausa. —Pero después de lo que ocurrido y de verte aquí esta noche, al lado de Lorenzo, creo que me equivoqué. No respondo. —No eres tan ingenua como pensé. —Nunca lo fui. Una sonrisa amarga aparece en sus labios. —Ahora lo sé. Vittorio finalmente interviene. —Señorita, lamento profundamente lo ocurrido. Lo miro. —Señor Moretti... —Mi hijo cruzó una línea que jamás debió cruzar. Su mirada pasa hacia Lorenzo. —Y rompió uno de los tratados que nuestras organizaciones han respetado durante años. Lorenzo finalmente suelta una pequeña risa sin humor. —Es demasiado tarde para esto, Vittorio. —Lorenzo... —Tu hijo decidió romper las reglas. —Su mirada se vuelve fría —. Ahora tendrá que vivir con las consecuencias. Vittorio guarda silencio y Leonardo tampoco dice nada. Antes de que la situación pueda empeorar, escucho una voz detrás de nosotros. —¿Nos estamos perdiendo algo? Me giro. Isabella y Matteo se acercan. —Llegaron justo a tiempo —dice Lorenzo. Isabella me mira y sonríe. —Te ves preciosa. —Gracias. Matteo se acerca a Lorenzo y después me mira. —¿Todo bien? —Sí. Al girarme me doy cuenta que Leonardo y su padre se han marchado. —¿Dijeron algo? —Pregunta Isabella y niego. —¿Y tus padres? —No quisieron venir esta noche. —¿Están bien? —Sí —dice Matteo—. Simplemente prefirieron quedarse en casa. La cena comienza poco después. Nos sentamos juntos. Lorenzo a mi lado, Isabella y Matteo frente a nosotros. Durante los primeros minutos intento concentrarme en la comida, pero termino escuchando una conversación entre Lorenzo y Matteo sobre los Moretti. —¿Quieres saber cómo funciona realmente el imperio de los Moretti? —pregunta Lorenzo. Lo miro. —Sí. Lorenzo deja su copa sobre la mesa. —Los negocios de los Morettis se basan en empresas de transporte y logística,Las empresas de transporte sirven para mover dinero sin levantar sospechas. La de logística les permiten justificar grandes cantidades de efectivo. Matteo interviene. —También tienen empresas de importaciones y exportaciones. —Y clubes privados —añade Isabella. Lorenzo asiente. —Los clubes son perfectos para mover dinero en pequeñas cantidades constantemente. Me quedo sorprendida. —¿Y todo eso es legal? Lorenzo sonríe. —En los papeles, sí. Lo miro. —Eso no me tranquiliza. —No pretendía hacerlo. Isabella ríe. —Bienvenida al mundo de las organizaciones. —¿Y qué hacen con las empresas de transporte? Lorenzo baja la voz. —Esas son más importantes. —¿Por qué? —Porque algunas rutas comerciales les permiten mover mercancía sin despertar sospechas. Mi expresión cambia. —Qué son armas y sustancias ilícitas. Matteo suelta una pequeña carcajada. —Aprendes rápido. Estoy a punto de responder cuando el teléfono de Matteo comienza a sonar. Él mira la pantalla. Su expresión cambia inmediatamente. —Discúlpenme. Se levanta de la mesa y se aleja. Lo observo desde mi asiento. Algo en su rostro no me gusta. Unos minutos después regresa, pero ya no parece el mismo. Matteo se inclina hacia él y murmura algo. Lorenzo levanta la mirada. —¿Estás seguro? Matteo asiente. Después mira a Isabella. —Tenemos que salir. —¿Qué pasó? —pregunta ella. Matteo no responde. Simplemente hace una señal para que lo sigamos. Lorenzo se levanta inmediatamente y yo también. —¿Qué sucede? —Sophie, ven conmigo. —Pero... —Ahora. Su tono me hace obedecer. Salimos del salón por una puerta lateral. El ruido de la cena queda atrás. Una vez fuera, Matteo mira alrededor antes de hablar. Isabella está a su lado. Lorenzo frente a él. Yo permanezco cerca. —Habla —ordena Lorenzo. Matteo respira profundamente. —Acaban de atacar el apartamento. Siento que mi corazón se detiene. —¿Qué apartamento? Matteo me mira directamente. —El tuyo. —¿Qué? —El apartamento que compartes con Emily. Mi cuerpo se queda completamente inmóvil. —¿Qué pasó? Matteo baja la mirada por un instante. —Lo trataron de incendiar con Emily dentro. Siento que todo el sonido a mi alrededor desaparece. —¿Emily...? Nadie responde. —¿Dónde está Emily? Lorenzo me toma de la mano. Pero esta vez no siento seguridad, siento miedo...






